Erase una vez un hombre que, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Se lo llevó a su casa y lo puso en su corral, donde pronto aprendió a comer la misma comida que los pollos y a conducirse como éstos.
Un día un naturalista que pasaba por allí le preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y los pájaros, tenía que permanecer encerrada en el corral con los pollos.
- Como le he dado la misma comida que a los pollos y le he enseñado a comer como un pollo, nunca ha aprendido a volar -respondió el propietario-. Se conduce como los pollos y, por tanto, ya no es un águila.
Sin embargo, insistió el naturalista, tiene corazón de águila y, con toda seguridad, se le puede enseñar a volar.
Después de discutir un poco más, los dos hombres convinieron en averiguar si era posible que el águila volara. El naturalista la cogió en brazos suavemente y le dijo: "tú perteneces al cielo, no a la tierra, abre las alas y vuela".
El águila, sin embargo, estaba confusa, no sabía qué era y, al ver a los pollos comiendo, saltó y se reunió con ellos de nuevo.
Sin desanimarse, al día siguiente, el naturalista llevó el águila al tejado de su casa y la animó diciéndole: "Eres águila, abre las alas y vuela". Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y saltó una vez más en busca de la comida de los pollos.
El naturalista se levantó temprano al tercer día, sacó el águila del corral y la llevó a una montaña, una vez allí, alzó al rey de las aves y la animó diciendo: "Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora abre las alas y vuela".
El águila miró alrededor, hacia el corral, y arriba, hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol. El águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas, finalmente con un grito triunfante, voló alejándose al cielo.
Es posible que el águila recuerde todavía a los pollos con nostalgia; hasta es posible que, de cuando en cuando, vuelva a visitar el corral, pero el águila nunca ha vuelto a vivir vida de pollo. Siempre fue un águila, aunque fue mantenida y domesticada como un pollo.
James Aggrey
James Aggrey
Tras varios años impartiendo clases en un colegio de Carolina del Norte, James Aggrey volvió a Africa llegando a ser uno de los más destacados profesionales en Achimota College de lo que entonces se llamaba Costa de Oro, colegio recién inaugurado y que llegó a ejercer mucha influencia. Suya, del dr. James Aggrey, es la frase o proverbio de que para tocar un piano son necesarias tanto las teclas blancas como las negras. Es decir, buscaba la armonización de las razas. E intentó inculcar a los africanos el respeto por ellos mismos como en la parábola que reproducimos aquí.

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